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Ferias del libro fuera de lugar

Ferias del libro fuera de lugar

Leemos un interesante artículo de Pedro Aparicio en Diario Sur titulado Fuera de lugar. Interesante, en primer lugar, porque habla de librerías y de ferias del libro. Buen e infrecuente punto de partida; volvemos por tanto a preguntarnos para qué sirve una feria del libro. Hay en el artículo una frase que llama especialmente la atención: "(...)Por eso no acabo de entender la llamada ’Feria del Libro’, ese invento que, cada año, sustituye fascinantes y climatizadas librerías, por diminutas casetas situadas junto al estruendo del tráfico y bajo un sol de justicia. ¿Qué misteriosa fuerza empuja a un ciudadano que nunca entra en una librería, a comprar libros en un tenderete instalado en la vía pública?(...)". ¿Será esa una de las claves para que no funcione una feria? Me refiero a que cumpla los requisitos que enumera el articulista (pésimos espacios, ruido, tráfico, clima torturador,...). Algunas opiniones hemos conocido últimamente sobre estas cuestiones, sobre el sentido y contenido, racionalidad del espacio, comunicación, etc.

César Coca, en Divergencias apuntaba algo en lo que venimos insistiendo; el asunto es definir el modelo, o mejor dicho, los modelos (realidades diferentes=modelos diferentes). Lo que sí deberían ser comunes son las reflexiones y sus procedimientos.

En palabras de César Coca:"(...)Y qué decir de las ferias del libro. Tengo la impresión de que hay que empezar a replantearse el modelo. Todas siguen más o menos el mismo, con dimensiones diferentes, claro. Bilbao no es Madrid y el montaje del Retiro sería impensable aquí. Pero tengo dudas serias acerca de la eficacia, en términos económicos y culturales, de las ferias tal y como hoy día se organizan. No me pregunten cómo creo que debería hacerse. No lo sé. Sólo temo que el modelo tradicional de feria está agotado o próximo a agotarse.(...)"

Reproducimos el artículo completo de Pedro Aparicio en Diario Sur:

"Hay comercios que podrían cobrarnos la entrada pues visitarlos es una fiesta; a este grupo pertenecen las librerías. Me refiero a aquéllas que merecen tal nombre, las que cumplen los requisitos mínimos de espacio y respeto a los libros. Me gusta un libro más que cualquier objeto imaginable. Más que una pipa, un violoncello, una estilográfica o un cuaderno, por citar algunos de mis antiguos amores. Los libros contienen cuanto merece la pena: belleza, fantasía, pensamientos, razón, emociones. El placer que me ha dado cada uno empezó en la librería donde lo compré. Entrar en el uterino ambiente del local, recorrer sus ordenadas secciones, respirar el olor industrial del papel impreso, acariciar los tentadores lomos, descubrir el libro que parecía esperarnos fueron momentos irrepetibles que quedaron unidos para siempre a cada libro.

Por eso no acabo de entender la llamada ’Feria del Libro’, ese invento que, cada año, sustituye fascinantes y climatizadas librerías, por diminutas casetas situadas junto al estruendo del tráfico y bajo un sol de justicia. ¿Qué misteriosa fuerza empuja a un ciudadano que nunca entra en una librería, a comprar libros en un tenderete instalado en la vía pública? Quizá la misma que, en una ciudad con iglesias habitualmente vacías, reúne en la calle a cien mil personas tras las imágenes de Semana Santa. Me temo que, en ambos casos, los respectivos «lugares habituales» -librería y templo- actúan como elementos disuasorios.

Muy diferentes son algunas instalaciones permanentes para la venta de libros antiguos o de ocasión. En las de Estrasburgo o Basilea podría pasarme una semana, ajeno al resto del mundo. La madrileña Cuesta de Moyano cumple esa función, aunque sin la nobleza y espaciosidad de las mencionadas. Tampoco niego la utilidad literaria y empresarial de las grandes ferias internacionales. Así que queda claro que no estoy contra el ’modelo Frankfurt’ de feria del libro, sino contra el ’modelo Valdepeñas’, es decir docena y media de esmirriadas casetas de mercadillo ¿en un país como España, donde la industria editorial supera el 1% del PIB!

Además de por su monumentalidad, valoro las ciudades por otros atractivos mayores: cafés, librerías, aceras y silencio (tetralogía que explica lo bien que me encuentro en las ciudades suizas). En el factor librerías, París, Londres, Milán, Nueva York y Buenos Aires son insuperables. En las de Berlín, mis limitaciones lingüísticas nunca me han dejado disfrutar plenamente. En la librería ’Filigranes’ de Bruselas, suena siempre un concierto para piano de Mozart y en la inmensa sección de novedades hay una acogedora barra donde reparten té y café. Las librerías de Madrid, ¿ay!, se están batiendo en retirada. Cada vez que una librería se convierte en un MacDonald, un teatro en un cine y un acantilado en una playa, me siento muy desdichado.

En algún caso reconozco el misterioso atractivo de lo ectópico. Hay cosas que separadas de su escenario ’lógico’ resultan excitantes. Por ejemplo, un cuarteto de cuerda en una calle peatonal, un buen restaurante a bordo de un tren, un lance erótico en un ascensor... Si me preguntasen cuál es mi campo de fútbol preferido, no cambiaría la calle Padilla de Madrid -escenario de mis partidos infantiles- por el estadio de Maracaná. Las áreas eran poéticas e imaginarias y nuestros amontonados abrigos de postguerra señalaban las porterías.

Otros lugares, por el contrario, son insustituibles. Sobre todo las librerías. Espero no vivir ya, cuando cierre la última. Quizá entonces lo único rentable será una Feria del libro permanente en cada ciudad pero, hasta que eso ocurra, seguiré fiel a mis queridas librerías. Grandes, sabias, silenciosas, climatizadas. El mejor lugar donde pasar la mañana de un sábado."

 

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